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Noah tiene tres años. Le encantan los coches, las canciones y construir torres altas. Un día, mamá y papá trajeron a casa a Ariel, su hermanito de tres meses. Ariel es pequeñito, con manitas suaves y ojos curiosos.
Al principio, Noah estaba contento. Miraba a Ariel en la cuna, tocaba suavemente su piecito y sonreía. Pero cuando mamá le daba a Ariel la teta o lo cogía en brazos, Noah se enfadaba. "¡Yo también quiero!", decía Noah con un puchero. A veces empujaba sus juguetes con un golpe fuerte, o se iba a un rincón él solo, susurrando "Uff, uff" con frustración.
Una tarde, Noah construyó una torre enorme de bloques, colores brillantes que relucían bajo el sol que entraba por la ventana. "¡Mira, mamá!", exclamó Noah, muy orgulloso. Mamá le sonrió y le dijo: "Noah, ¿quieres que Ariel vea tu torre?". Noah dudó, su ceño fruncido por la preocupación. Pensó: "Si Ariel la toca, se caerá. Es mi torre".
Pero mamá le sonrió y dijo: "Noah, ¿quieres mostrarle cómo la hiciste? Quizá puedas enseñar a Ariel". Noah respiró hondo y asintió. Con cuidado, llevó su torre al salón. Puso a Ariel en su mantita y se sentó cerca. Le habló despacio: "Mira, Ariel, así pongo los bloques. Uno... dos... tres". Ariel miró los bloques de colores y sonrió, sus ojos brillando como estrellitas. Noah sintió sorpresa y alegría. Al poner un bloque, dejó que mamá sostuviera a Ariel cerca, y Ariel sonrió de manera instantánea. Noah sonrió también, sintiendo un calorcito en el corazón.
Cuando la torre se cayó con un ¡crash!, Noah no se enfadó. Mamá dijo: "A veces los juguetes se caen, y siempre podemos construir otra". Noah miró a Ariel, que reía con un sonidito dulce como una campanilla, y pensó que construir juntos era divertido. "¡Vamos, Ariel, otra vez!", dijo Noah, riendo también.
Esa noche, antes de dormir, Noah abrazó a Ariel, su pequeño hermanito, y susurró: "Te quiero, hermanito". Mamá los vio, sus ojos llenos de amor, y besó la frente de Noah. Noah comprendió que compartir no significaba perder cosas; significaba tener a alguien con quien jugar y a quien querer.
Y así, Noah y Ariel se hicieron inseparables, compartiendo risas y aventuras cada día.
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