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Gratis · elegí una vozEn el Bosque Sitareto, donde solo vivían ornitorrincos, existía uno muy particular llamado Peper. Peper era alto, ¡muy alto para ser un ornitorrinco! Y lo más raro de todo, ¡tenía el pelo de un color morado brillante! Peper amaba explorar el Bosque Sitareto, chapoteando en los charcos de barro y buscando los mejores gusanos para el desayuno.
Pero no todos en Sitareto apreciaban la singularidad de Peper. Un ornitorrinco llamado Peperpetunio, con el pelo rojo como un tomate y bajito como una piedra, sentía una terrible envidia. "¡Mira a ese Peper!" gruñía Peperpetunio a sus amigos, "¡Es tan alto y presumido! ¡Y ese pelo morado! ¡Es ridículo! ¡Yo debería ser el más alto!"
Peperpetunio pasaba los días planeando cómo deshacerse de la altura de Peper. Intentó ponerle plumas pegajosas en los pies para que se tropezara, le escondió sus calcetines de rayas (¡los ornitorrincos aman los calcetines!), e incluso intentó cambiar su comida por piedras. Pero nada funcionaba. Peper seguía siendo alto y feliz.
Un día, mientras Peper caminaba por el bosque, cantando una alegre canción sobre gusanos y barro, Peperpetunio tuvo una idea ¡terrible! Encontró un viejo carro de juguete, uno de esos que los humanos dejan olvidados a veces. Era grande, rojo y muy, muy pesado. "¡Esta es mi oportunidad!" pensó Peperpetunio con una sonrisa malvada. "¡Le lanzaré el carro a Peper y lo aplastaré! ¡Así dejará de ser tan alto!"
Peperpetunio empujó el carro con todas sus fuerzas, rodando por una colina directamente hacia Peper. Peper, ajeno al peligro, seguía cantando feliz. De repente, escuchó un ruido fuerte y vio el carro acercándose a toda velocidad. ¡Oh, no! Peper saltó a un lado justo a tiempo, pero el carro pasó rozándole.
El carro, sin control, chocó contra un árbol con un estruendo. El impacto fue tan fuerte que el carro se hizo añicos. Pero algo extraño le pasó a Peper. Al saltar para esquivar el carro, se había dado un golpe en la cabeza contra una raíz de árbol. No era un golpe fuerte, pero sintió un cosquilleo extraño.
Cuando Peper se recuperó del susto, se dio cuenta de algo increíble. ¡Se había encogido! No mucho, pero lo suficiente para que Peperpetunio fuera ahora un poco más alto que él. Peperpetunio, que había estado observando la escena con una sonrisa triunfal, abrió los ojos con sorpresa. "¡Imposible!" gritó. "¡Ahora soy más alto que Peper! ¡Mi plan funcionó!"
Pero la alegría de Peperpetunio duró poco. Al ver a Peper más pequeño, sintió algo que nunca antes había sentido: ¡lástima! Se dio cuenta de lo tonto que había sido al envidiar la altura de Peper. Después de todo, la altura no lo era todo.
Peper, aunque un poco más bajo, no estaba triste. Se dio cuenta de que ser alto no era lo que lo hacía especial. Lo que lo hacía especial era su pelo morado, su amor por los gusanos y su capacidad para cantar canciones alegres. Además, ahora podía alcanzar los gusanos que estaban más cerca del suelo.
Peperpetunio se acercó a Peper, con la cabeza gacha. "Lo siento, Peper," dijo con voz temblorosa. "Fui un tonto. Estaba celoso de tu altura, pero ahora me doy cuenta de que no es importante. ¿Podemos ser amigos?"
Peper sonrió. "Por supuesto, Peperpetunio," dijo. "Todos cometemos errores. Y ahora que eres un poco más alto que yo, ¡puedes ayudarme a alcanzar los gusanos que están un poco más arriba!"
Desde ese día, Peper y Peperpetunio se convirtieron en los mejores amigos. Exploraron el Bosque Sitareto juntos, Peper cantando sus canciones alegres y Peperpetunio ayudando a Peper a alcanzar los gusanos más altos. Y aunque Peper ya no era el ornitorrinco más alto de Sitareto, seguía siendo el más feliz, con su pelo morado brillante y su gran corazón. Y Peperpetunio aprendió que la verdadera felicidad no se encuentra en ser el más alto, sino en tener amigos y en aceptar a los demás tal como son, ¡altos o bajos, con pelo morado o rojo!
Los otros ornitorrincos de Sitareto aprendieron una valiosa lección: la envidia no lleva a nada bueno, y la amistad es el tesoro más valioso de todos. Y así, el Bosque Sitareto se convirtió en un lugar aún más feliz, lleno de risas, canciones y, por supuesto, ¡muchos, muchos gusanos!
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