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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle verde y soleado, un pequeño dinosaurio llamado Dino. Dino era un braquiosaurio, ¡pero no era un braquiosaurio cualquiera! Dino tenía un secreto muy peculiar: ¡tiraba rayos por el trasero! No eran rayos malos, ni rayos que quemaban. Eran rayos de luz, de colores brillantes y alegres, como un arcoíris saliendo por detrás.
Al principio, Dino se sentía muy avergonzado. Cada vez que sentía un cosquilleo y sabía que un rayo estaba por salir, se escondía detrás de una roca gigante. "¡Ay no!", pensaba. "¡Qué vergüenza! Los otros dinosaurios se van a reír de mí". Un día, mientras Dino intentaba ocultar sus coloridos rayos, una pequeña estegosaurio llamada Estela lo vio. Estela era muy curiosa y no se asustó en absoluto. "¡Guau!", exclamó. "¡Qué bonito! ¿Qué es eso?".
Dino, sonrojándose (bueno, lo más que un dinosaurio puede sonrojarse), le explicó su peculiaridad. "Tiro rayos por el trasero", dijo tímidamente. "Es muy raro, ¿verdad?". Estela negó con la cabeza. "¡No es raro! ¡Es increíble! ¿Puedes hacer más? ¡Quiero ver!". Dino, animado por la curiosidad de Estela, intentó relajarse. Respiró hondo y, ¡puf!, un rayo amarillo brillante salió disparado, iluminando una flor marchita que estaba cerca. La flor, como por arte de magia, se enderezó y floreció de nuevo.
Estela quedó maravillada. "¡Mira! ¡Lo has curado! ¡Tus rayos son mágicos!". La noticia de Dino, el dinosaurio que tiraba rayos por el trasero, se extendió rápidamente por todo el valle. Al principio, algunos dinosaurios se mostraban escépticos. Un triceratops gruñón llamado Terry decía: "¡Tonterías! Los dinosaurios no tiran rayos por el trasero. ¡Eso es ridículo!". Pero otros, como una amable parasaurolophus llamada Paula, estaban intrigados. Paula tenía un jardín lleno de plantas marchitas y estaba desesperada por encontrar una solución.
Paula se acercó a Dino y le explicó su problema. Dino, aunque todavía un poco nervioso, aceptó ayudar. Se concentró con todas sus fuerzas y, ¡zas!, un rayo verde esmeralda salió disparado, bañando el jardín de Paula en una luz cálida. Al instante, las plantas marchitas comenzaron a revivir, las flores se abrieron y el jardín se llenó de color y vida. Paula estaba tan agradecida que abrazó a Dino (con mucho cuidado, por supuesto, ¡no quería pincharse con sus placas!).
Terry, el triceratops gruñón, observaba desde la distancia, con los ojos muy abiertos. Incluso él podía ver que los rayos de Dino eran especiales. Un día, una terrible sequía azotó el valle. El río se secó, las plantas se marchitaron y los dinosaurios empezaron a tener sed. El pánico se apoderó de todos. Terry, a pesar de su gruñón carácter, estaba muy preocupado. Sabía que si no encontraban agua pronto, todos estarían en serios problemas.
Estela tuvo una idea. "¡Dino! ¡Quizás tus rayos puedan ayudarnos a encontrar agua!". Dino no estaba seguro. Nunca había intentado usar sus rayos para encontrar agua. Pero viendo la desesperación en los ojos de sus amigos, decidió intentarlo. Cerró los ojos, se concentró con todas sus fuerzas y, ¡BUM!, un rayo azul celeste salió disparado hacia el cielo. El rayo viajó y viajó, hasta que golpeó una nube oscura y lejana. La nube, como si hubiera recibido una señal, comenzó a descargar una lluvia torrencial.
La lluvia llenó el río, las plantas se refrescaron y los dinosaurios bebieron hasta saciarse. Terry, impresionado, se acercó a Dino. "Bueno…", dijo, con un poco de vergüenza. "Supongo que… tal vez… no es tan malo tirar rayos por el trasero. ¡De hecho, es bastante útil!". Dino sonrió. Había aprendido que ser diferente no era algo malo. Sus rayos, que al principio le avergonzaban, eran en realidad su mayor don. A partir de ese día, Dino se convirtió en el héroe del valle. Usaba sus rayos para curar plantas, encontrar agua y, a veces, simplemente para iluminar la noche con un espectáculo de luces colorido y divertido. Y Terry, el triceratops gruñón, se convirtió en su mejor amigo, aunque nunca admitiera que le gustaba el espectáculo de luces. Y así, Dino, el dinosaurio que tiraba rayos por el trasero, vivió feliz para siempre, iluminando el mundo con su peculiar y maravilloso don.
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