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Gratis · elegí una vozRita era una rana muy presumida. Le encantaba mirarse en el agua cristalina de la charca donde vivía, arreglarse su moño de algas y charlar con las libélulas sobre lo bonita que era. No le importaba mucho el resto de los animales, ni siquiera sus propios hermanos. Lo único importante para Rita era… ¡Rita!
Un día, Rita se despertó y fue corriendo a su charca favorita para admirarse en el reflejo del agua. Pero… ¡oh, no! La charca estaba mucho más pequeña de lo normal. El agua apenas llegaba a cubrirle las patas. Rita gritó horrorizada: "¡Pero qué ha pasado aquí! ¿Dónde está mi espejo perfecto?"
Un viejo caracol, llamado Don Caracolio, se acercó lentamente. "Buenos días, Rita. Verás, últimamente no ha llovido mucho, y el sol ha estado muy fuerte. La charca se está secando."
Rita puso los ojos en blanco. "¿Y a mí qué me importa la sequía y el sol? ¡Lo que me importa es que mi charca se está arruinando!"
Don Caracolio suspiró. "Si todos ayudáramos un poco, quizás podríamos salvarla. Podríamos traer agua con hojas grandes desde el río."
Rita se rió. "¿Yo? ¿Trabajar? ¡Ni hablar! Yo soy una rana muy importante para andar cargando hojas. Además, ¡me ensuciaría las patas!"
Don Caracolio negó con la cabeza y siguió su camino. Rita, enfadada, intentó encontrar un lugar con agua suficiente para verse, pero no lo logró. La charca seguía disminuyendo.
Al día siguiente, la charca era aún más pequeña. Rita vio a sus hermanos y a otros animales trabajando duro, llevando hojas llenas de agua. Incluso las libélulas ayudaban, dejando caer pequeñas gotas sobre la charca.
"¡Qué ridiculez!", pensó Rita. "No van a conseguir nada."
Pero conforme pasaban las horas, Rita empezó a sentir un poco de… ¿culpa? Se sentó en una piedra y observó a sus hermanos, con las patas llenas de barro y las caras sudorosas, pero sonriendo. Vio al topo, con sus pequeñas patas llenas de tierra, pero sin rendirse. Vio a las libélulas, cansadas de volar, pero insistiendo en su tarea.
De repente, Rita sintió algo que nunca había sentido antes: ganas de ayudar. Se avergonzó de su egoísmo. Se dio cuenta de que, aunque le gustaba mirarse en el agua, también le gustaba que hubiera agua para todos.
Respiró hondo y se acercó a sus hermanos. "Eh… yo… ¿puedo ayudar?", preguntó tímidamente.
Sus hermanos la miraron sorprendidos, pero sonrieron. "¡Claro que sí, Rita!", dijo uno de ellos. "Aquí tienes una hoja grande. Llénala de agua y tráela."
Rita, con cuidado de no mancharse demasiado, llenó la hoja de agua y la llevó hasta la charca. Al principio, se sentía torpe y cansada, pero la sonrisa de sus hermanos y la satisfacción de ver que el nivel del agua subía un poquito la animaron a seguir.
Trabajó durante toda la tarde, olvidándose de su moño de algas y de lo bonitas que eran sus patas. Descubrió que trabajar con los demás era mucho más divertido que simplemente mirarse en el agua.
Al caer la noche, la charca, aunque seguía siendo más pequeña de lo normal, había recuperado algo de agua. Los animales estaban cansados, pero contentos. Rita, por primera vez en su vida, se sentía orgullosa de sí misma, no por su belleza, sino por su esfuerzo.
Don Caracolio se acercó a Rita. "Ves, Rita, cuando todos colaboramos, podemos lograr grandes cosas."
Rita asintió. "Tenías razón, Don Caracolio. Ahora entiendo que no solo importa cómo me veo yo, sino cómo ayudamos a los demás."
Desde ese día, Rita dejó de ser una rana presumida y egoísta. Siguió cuidando su aspecto, pero también aprendió a valorar la amistad, el trabajo en equipo y la importancia de ayudar a los demás. Y aunque a veces la charca se secaba un poco, Rita siempre estaba dispuesta a trabajar con sus amigos para mantenerla llena de agua y alegría. Aprendió que la verdadera belleza está en el corazón, no en el reflejo del agua.
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