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Gratis · elegí una vozHabía una vez un hombre que se llamaba Roberto. Roberto era un hombre bueno, de corazón grande como una sandía, pero tenía un problema: lloraba mucho. Lloraba por una mujer llamada Sofía, quien no le correspondía. No es que Sofía fuera mala, simplemente no sentía lo mismo por Roberto. Y Roberto, con su corazón de sandía, se sentía como si le hubieran quitado todas las semillas. Se sentaba en su butaca, con un pañuelo a cuadros, y ¡snif! ¡snif! ¡snif! Las lágrimas corrían por sus mejillas como ríos desbordados.
Un día, mientras lloraba a mares, una pequeña mariposa, con alas de colores brillantes como un arcoíris, se posó en su nariz. Roberto, sorprendido, dejó de llorar por un instante. La mariposa le susurró (sí, las mariposas pueden susurrar, si pones atención): "¿Por qué lloras tanto, buen hombre? El mundo es un lugar lleno de cosas bonitas".
Roberto, con la voz temblorosa, le contó su pena a la mariposa. Le habló de Sofía, de su corazón roto, y de cómo sentía que nunca volvería a sonreír. La mariposa, escuchando con atención, movió sus antenas y le dijo: "Conozco un lugar. Un lugar mágico llamado el Jardín de las Sonrisas Perdidas. Allí podrás encontrar una nueva sonrisa, una sonrisa que te pertenezca de verdad".
Roberto, animado por la esperanza, le preguntó a la mariposa cómo llegar a ese jardín. La mariposa le indicó el camino: "Debes seguir el río de las lágrimas hasta que se encuentre con el bosque de los suspiros. Luego, cruza el puente de los recuerdos y allí estará el Jardín de las Sonrisas Perdidas".
Roberto, secándose las lágrimas, se levantó de su butaca y comenzó su aventura. Siguió el río de las lágrimas, que era, irónicamente, el mismo río que pasaba por su casa. El camino era largo y triste, pero Roberto no se rindió. Pensaba en la mariposa y en la posibilidad de encontrar una nueva sonrisa.
Después de mucho caminar, llegó al bosque de los suspiros. Era un lugar silencioso y misterioso, donde los árboles parecían lamentarse con el viento. Roberto, con un poco de miedo, caminó entre los árboles, escuchando suspiros que contaban historias de tristeza y arrepentimiento.
Finalmente, encontró el puente de los recuerdos. Era un puente antiguo y desgastado, hecho de madera y cubierto de musgo. Cada tabla del puente tenía grabada una palabra: "Alegria", "Amistad", "Familia", "Aventura". Roberto, al pisar cada tabla, recordaba momentos felices de su vida: jugando con sus amigos, comiendo helado con su abuela, explorando el bosque cuando era niño. Estos recuerdos le dieron fuerzas para seguir adelante.
Al cruzar el puente, Roberto llegó al Jardín de las Sonrisas Perdidas. Era un lugar maravilloso, lleno de flores de todos los colores y formas. Había árboles que daban frutos de alegría y arbustos que florecían con esperanza. En el centro del jardín, había una fuente de agua cristalina, donde las sonrisas perdidas flotaban como burbujas de jabón.
Un anciano, con una barba blanca y una sonrisa amable, cuidaba del jardín. Se acercó a Roberto y le dijo: "Bienvenido, viajero. Veo que has venido a buscar una sonrisa". Roberto asintió con la cabeza, con los ojos llenos de esperanza.
El anciano lo guio hasta la fuente y le dijo: "Mira con atención. Cada burbuja contiene una sonrisa. Elige la que te parezca la más adecuada". Roberto observó las burbujas, cada una diferente a la otra. Había sonrisas tímidas, sonrisas alegres, sonrisas aventureras, sonrisas sabias.
Finalmente, Roberto vio una burbuja que brillaba con una luz especial. Era una sonrisa tranquila y serena, una sonrisa que reflejaba paz interior. La eligió y, al tocarla, la burbuja se desvaneció y la sonrisa se instaló en su corazón.
Roberto sintió una alegría inmensa. Ya no sentía tristeza por Sofía. Había encontrado una sonrisa que le pertenecía de verdad, una sonrisa que no dependía de nadie más. Agradeció al anciano y se despidió del Jardín de las Sonrisas Perdidas.
Regresó a su casa, ya no llorando, sino sonriendo. La mariposa de colores lo estaba esperando en su ventana. "¿Encontraste tu sonrisa?", le preguntó. Roberto asintió con la cabeza y le mostró su nueva sonrisa. La mariposa, feliz, aleteó y voló hacia el cielo, dejando atrás un rastro de colores brillantes.
Roberto aprendió que la felicidad no depende de que alguien te quiera, sino de quererte a ti mismo y de encontrar la alegría en las pequeñas cosas de la vida. Y así, Roberto, el hombre que lloraba, se convirtió en Roberto, el hombre que sonreía, y su corazón de sandía volvió a estar lleno de semillas de alegría.
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