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Gratis · elegí una vozEn el azul profundo del océano, vivía una ballena muy especial llamada Rosalía. Rosalía no era una ballena normal; ¡era de un color rosa chicle brillante! Y Rosalía tenía un apetito… digamos… considerable. Le encantaba comer. No solo le gustaba comer, ¡le *encantaba* comer! Krill, plancton, algas marinas, incluso las burbujas que hacían los peces payaso, si se descuidaban, ¡Rosalía se las comía!
Un día, Rosalía nadaba alegremente por su rincón favorito del océano, un jardín submarino lleno de corales de colores y peces juguetones. Tenía mucha hambre, como de costumbre. "¡Ay, qué hambre tengo!", suspiró Rosalía, con la barriga rugiendo como un trueno lejano. Empezó a buscar su comida favorita: el krill. El krill, unas criaturitas pequeñas y rosadas, eran su debilidad.
Nadó y nadó, abriendo su enorme boca como una cueva, aspirando todo lo que se le cruzaba en el camino. Pero hoy, el krill parecía estar de vacaciones. Rosalía solo encontró unas pocas algas marinas y una estrella de mar despistada que se escondió rápidamente entre las rocas.
"¡Esto no puede ser!", exclamó Rosalía, frustrada. "¡Tengo que encontrar algo de comida! ¡Mi barriga está haciendo una rabieta!"
De repente, Rosalía vio algo inusual a lo lejos. Era un brillo, un resplandor rosa aún más brillante que su propia piel. Curiosa, nadó hacia el brillo y descubrió… ¡una gigantesca nube de algodón de azúcar rosa flotando en el agua!
"¡Oh, cielos!", jadeó Rosalía, con los ojos brillando. "¿Será esto un sueño? ¡Algodón de azúcar! ¡Mi postre favorito, multiplicado por mil!"
Sin pensarlo dos veces, Rosalía abrió su boca gigante y comenzó a comer el algodón de azúcar. ¡Era dulce, esponjoso y delicioso! Comía y comía, sin parar, hasta que su barriga estaba tan llena que parecía un globo a punto de explotar.
"¡Mmm, qué rico!", murmuró Rosalía, con la boca llena de algodón de azúcar. "¡Esto es el paraíso!"
Pero pronto, Rosalía empezó a sentirse extraña. Su piel rosa chicle comenzó a ponerse… ¡más rosa! ¡Un rosa aún más brillante y neón! Y su barriga… ¡empezó a hincharse aún más!
"¡Oh, oh!", dijo Rosalía, preocupada. "Creo que he comido demasiado algodón de azúcar."
De repente, Rosalía sintió un cosquilleo en su cola. Miró hacia atrás y vio que… ¡su cola también se estaba inflando! ¡Y estaba llena de burbujas de algodón de azúcar!
"¡Ay, no!", gritó Rosalía. "¡Me estoy convirtiendo en una ballena de algodón de azúcar!"
Rosalía intentó nadar, pero era demasiado pesada. Se hundía más y más en el fondo del océano. Los peces payaso la miraban con asombro y un poco de miedo.
"¡Ayuda!", gritó Rosalía. "¡Necesito ayuda! ¡Estoy demasiado llena de algodón de azúcar!"
Afortunadamente, un grupo de delfines amigables escuchó los gritos de Rosalía. Se acercaron nadando rápidamente y vieron la situación.
"¡Oh, Rosalía!", exclamó Delia, la delfín más sabia. "¡Has comido demasiado algodón de azúcar! ¡Tienes que expulsarlo!"
"¡Pero no sé cómo!", gimió Rosalía, con la voz ahogada por el algodón de azúcar.
Delia pensó rápidamente. "¡Tenemos que hacerte reír!", exclamó. "¡La risa te ayudará a expulsar el algodón de azúcar!"
Los delfines comenzaron a contar chistes, a hacer piruetas y a imitar a los peces. Rosalía intentó no reírse, pero era imposible. Los delfines eran demasiado divertidos.
"¿Qué le dice un pez a otro pez? ¡Nada!", dijo un delfín, haciéndole cosquillas a Rosalía en la barriga.
Rosalía soltó una carcajada enorme, una risotada que sacudió todo el océano. Y, de repente… ¡un montón de algodón de azúcar salió disparado de su boca!
Los delfines siguieron haciendo reír a Rosalía hasta que toda la nube de algodón de azúcar se hubo ido. Rosalía se sentía mucho mejor, aunque un poco avergonzada.
"Gracias, amigos", dijo Rosalía, sonriendo. "Me han salvado. Prometo que nunca volveré a comer tanto algodón de azúcar."
Delia sonrió. "Está bien, Rosalía. Pero recuerda, todo con moderación. Incluso el algodón de azúcar."
Rosalía aprendió una valiosa lección ese día. Aunque le encantaba comer, entendió que era importante comer de forma saludable y no excederse. Y aunque seguía siendo una ballena rosada glotona, ¡ahora era una ballena rosada glotona más sabia! Y a veces, solo a veces, se permitía un poquito de algodón de azúcar, pero siempre con moderación.
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