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Gratis · elegí una vozRosita era una coneja muy especial. No le gustaban las zanahorias tanto como patinar. Tenía un par de patines brillantes color fresa y pasaba horas dando vueltas por el parque, haciendo piruetas y dejando a todos boquiabiertos con su velocidad. Tito, por otro lado, era una tortuga tranquila y observadora. No era rápido, ni le gustaban las zanahorias, pero tenía un talento secreto: ¡saltar! Aunque nadie lo creyera, Tito podía dar saltos sorprendentemente altos para ser una tortuga.
Un día soleado, mientras Rosita patinaba a toda velocidad cerca del lago, vio a Tito practicando sus saltos junto a un viejo sauce llorón. Rosita, curiosa, frenó con un derrape elegante. "¡Hola! ¿Qué haces, tortuga?" preguntó Rosita, con sus patines brillando al sol.
Tito, sobresaltado, casi se cae de espaldas. "¡Oh! Hola, Rosita. Estoy... eh... practicando mis saltos," respondió Tito, tímidamente. Rosita se rio suavemente. "¿Saltos? ¡Una tortuga saltando! Eso sí que es raro," dijo Rosita, sin querer ofender.
Tito se sintió un poco avergonzado, pero decidió demostrarle de lo que era capaz. Tomó impulso, movió sus pequeñas patas con todas sus fuerzas y... ¡saltó! No fue un salto muy alto, pero sí lo suficiente para sorprender a Rosita. "¡Guau! ¡No esperaba eso!" exclamó Rosita, con los ojos muy abiertos.
Ese día, Rosita y Tito se hicieron amigos. Rosita le enseñó a Tito algunos trucos básicos de patinaje, aunque Tito no tenía patines. Se agarraba a la espalda de Rosita mientras ella patinaba lentamente, sintiendo el viento en su caparazón. Tito, a su vez, le enseñó a Rosita a concentrarse y a usar la energía de sus patas para saltar más alto.
Un día, el alcalde del pueblo anunció un concurso de talentos. El premio era un gran saco de zanahorias para el ganador. Rosita, al escuchar esto, se emocionó. ¡Podría ganar el concurso con sus patines! Tito, aunque no le gustaban las zanahorias, también se emocionó por Rosita. La animó a participar y prometió ayudarla a prepararse.
Rosita practicó día y noche. Hacía piruetas increíbles, saltaba rampas improvisadas y patinaba con una velocidad asombrosa. Tito, desde la orilla, la animaba y le daba consejos. Pero a medida que se acercaba el día del concurso, Rosita se puso cada vez más nerviosa. Tenía miedo de no ganar.
"¿Qué pasa si me caigo? ¿Qué pasa si no soy lo suficientemente buena?" le preguntó Rosita a Tito, con lágrimas en los ojos. Tito, con su voz tranquila, le dijo: "Lo importante no es ganar, Rosita. Lo importante es divertirse y mostrarle a todos lo que sabes hacer. Confío en ti."
El día del concurso llegó. La plaza del pueblo estaba llena de gente. Había cantantes, bailarines, magos y acróbatas. Rosita sintió un nudo en el estómago al ver tanta gente. Tito estaba a su lado, animándola con una sonrisa.
Cuando llegó el turno de Rosita, respiró hondo y salió al escenario. Comenzó a patinar con suavidad, luego aceleró el ritmo y empezó a hacer piruetas. La gente la miraba con asombro. De repente, Rosita tropezó y casi se cae. El público contuvo el aliento. Pero Rosita, recordando los consejos de Tito, se concentró, recuperó el equilibrio y continuó patinando con más energía que antes.
Cuando terminó su presentación, el público la ovacionó con entusiasmo. Rosita se sintió feliz y aliviada. Luego, llegó el turno de Tito. Tito, con su paso lento y decidido, se acercó al centro del escenario. La gente lo miraba con curiosidad. Tito tomó impulso y... ¡saltó! Dio un salto alto y elegante, sorprendiendo a todos. Luego, dio otro salto y otro más, cada vez más alto y con más gracia.
El público aplaudió a Tito con entusiasmo. Nunca habían visto a una tortuga saltar así. Al final del concurso, el alcalde anunció a los ganadores. Para sorpresa de todos, ¡Rosita y Tito compartieron el primer premio!
Rosita y Tito se abrazaron con alegría. Habían demostrado que, aunque eran diferentes, podían lograr grandes cosas juntos. Y aunque Rosita no necesitaba el saco de zanahorias, lo compartió con todos sus amigos del bosque. Desde ese día, Rosita y Tito siguieron practicando sus talentos, pero lo más importante, siguieron siendo los mejores amigos, demostrando que la amistad puede surgir en los lugares más inesperados.
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