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Gratis · elegí una vozSamy tenía quince años, pero a veces sentía que tenía cien. En el espejo, veía una sonrisa, una sonrisa que ya no sentía de verdad. Era como una muñequita de porcelana, frágil y aparentemente feliz, pero por dentro… ¡Ay, por dentro! Su alma era como un jardín descuidado, lleno de hierbas malas llamadas tristeza y soledad.
Hacía un año, su papá se había ido al cielo, dejando un vacío enorme en su corazón. Su mamá, aunque la quería, estaba muy ocupada y a veces, junto con su padrastro, le reprochaba cosas pequeñas: "¡Samy, deja la habitación ordenada!" "¡Samy, ¿por qué no sacas mejores notas?" Su hermano menor, Mateo, era un travieso que a menudo la molestaba: "¡Samy, cara de acelga!" La llamaba, riendo a carcajadas.
Su refugio era su habitación. Allí, entre sus libros y peluches, se sentía un poco más segura. Se sentaba en la ventana, mirando las nubes pasar, imaginando que eran barcos que la llevaban lejos, a un lugar donde la tristeza no existiera. Pero los barcos siempre desaparecían, y Samy volvía a la realidad.
El único lugar donde Samy sentía un poco de paz era en la escuela. Le gustaban las clases, aprender cosas nuevas, pero sobre todo, le encantaba estar con sus amigas, especialmente con Andy. Andy era como un rayito de sol, siempre alegre y comprensiva. Andy sabía que algo le pasaba a Samy, aunque ella nunca se atrevía a contarlo.
Un día, en la clase de psicología, la maestra habló de las emociones. "¿Qué sienten hoy?", preguntó la maestra. Todos levantaron la mano, diciendo cosas como "alegría", "entusiasmo", "curiosidad". Cuando le tocó el turno a Samy, se quedó en blanco. No sabía qué sentía. O mejor dicho, sentía tantas cosas feas que no sabía por dónde empezar. Sintió un nudo en la garganta y bajó la mirada.
Andy, que estaba sentada a su lado, le apretó la mano suavemente. Samy le dedicó una pequeña sonrisa triste.
Al salir de clase, Andy la llevó al patio, bajo un gran árbol de mango. "Samy, sé que algo te pasa", le dijo Andy con voz suave. "No tienes que contármelo si no quieres, pero quiero que sepas que estoy aquí para ti".
Samy sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien le ofrecía su apoyo de forma tan sincera. "Es que… desde que mi papá se fue, todo es diferente", susurró Samy, con la voz temblorosa. "Mi mamá y mi padrastro siempre me regañan, Mateo me molesta… Me siento sola".
Andy la abrazó fuerte. "No estás sola, Samy. Me tienes a mí".
Ese día, Samy empezó a abrir su corazón a Andy. Le contó sobre su tristeza, sobre su soledad, sobre el vacío que sentía. Andy la escuchó con paciencia y le ofreció palabras de consuelo. Le dijo que era normal sentirse triste después de perder a alguien tan importante, y que no tenía que fingir ser feliz si no lo era.
Juntas, empezaron a cuidar el jardín secreto del corazón de Samy. Desmalezaron las hierbas malas de la tristeza y la soledad, y plantaron semillas de esperanza y alegría. Andy le enseñó a Samy a expresar sus emociones, a no tener miedo de llorar, a buscar las cosas que la hacían feliz, como leer, dibujar y escuchar música.
Poco a poco, Samy empezó a sentirse mejor. La sonrisa que mostraba al mundo ya no era fingida, sino una sonrisa que venía del corazón. Aprendió que no estaba sola, que tenía amigas que la querían y la apoyaban. Y sobre todo, aprendió que, aunque la tristeza siempre estaría presente, podía aprender a vivir con ella y a encontrar la felicidad en las pequeñas cosas de la vida.
Un día, Samy decidió hablar con su mamá. Le contó cómo se sentía, cómo la afectaban sus reproches y los de su padrastro. Su mamá la escuchó con atención y se dio cuenta de que había estado tan ocupada con sus propios problemas que no se había dado cuenta del dolor de su hija. Le prometió que intentaría ser más comprensiva y que la apoyaría en todo lo que necesitara.
Incluso Mateo, al ver que Samy estaba más feliz, dejó de molestarla tanto. Empezó a verla como una hermana, no como una muñequita sola.
Samy descubrió que su propósito en la vida no era fingir ser feliz, sino ser ella misma, con sus alegrías y sus tristezas, y compartir su vida con las personas que la querían. Y así, Samy la Muñequita Sola encontró la felicidad en el jardín secreto de su corazón, un jardín que, con el amor y el apoyo de sus amigas, floreció como nunca antes.
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