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Gratis · elegí una vozSaltarín era un sapo pequeño y muy, muy miedoso. Vivía con su familia en un estanque lleno de nenúfares y libélulas brillantes. Un día, mientras jugaba a las escondidas con sus hermanos, Saltarín se alejó demasiado. Cuando quiso regresar, ¡el estanque había desaparecido!
Saltarín estaba perdido. El bosque parecía enorme y oscuro. Cada sombra le asustaba. Cada ruido le hacía temblar. "¡Mamá! ¡Papá!" gritaba, pero solo el viento le respondía.
Caminó y caminó, con el corazón latiendo a mil por hora. De repente, vio a lo lejos dos ojos brillantes que lo observaban. ¡Era un lobo! Saltarín se quedó paralizado del miedo. El lobo, con su pelaje gris y su mirada penetrante, se acercó lentamente.
"¿Qué haces tan solo, pequeño sapo?" preguntó el lobo con una voz sorprendentemente suave.
Saltarín, temblando de pies a cabeza, apenas pudo responder: "M-me he perdido. No encuentro mi estanque."
El lobo lo miró con curiosidad. "¿Tu estanque? Descríbemelo."
Saltarín, reuniendo todo su coraje, le contó sobre los nenúfares blancos, las libélulas azules y el agua fresca donde jugaba con sus hermanos. El lobo escuchó atentamente, moviendo su cola pensativamente.
"Hmm," dijo el lobo finalmente. "Creo que sé de qué estanque hablas. Pero está un poco lejos. El camino es largo y puede ser peligroso para un sapo tan pequeño y miedoso como tú."
Saltarín bajó la cabeza. Sabía que el lobo tenía razón. Era pequeño y miedoso. Pero quería volver a casa. Quería ver a su familia. Quería sentir la frescura del agua en su piel.
"Por favor, señor lobo," suplicó Saltarín. "¿Podría ayudarme? Prometo no ser una molestia."
El lobo lo pensó por un momento. Normalmente, no se rebajaba a ayudar a un simple sapo. Pero algo en la mirada de Saltarín le conmovió. Quizás era la desesperación, quizás era la inocencia. O quizás, simplemente, el lobo estaba aburrido.
"Está bien," dijo el lobo. "Te ayudaré. Pero tendrás que seguirme de cerca y no quejarte."
Saltarín asintió vigorosamente. "¡Sí, señor lobo! ¡Lo que usted diga!"
Y así, el lobo y el sapo emprendieron su viaje. El lobo caminaba con paso firme, mientras que Saltarín saltaba a su lado, haciendo todo lo posible por mantenerse al día. El camino estaba lleno de obstáculos: piedras resbaladizas, raíces retorcidas y charcos de barro. Saltarín se caía a menudo, pero siempre se levantaba y seguía adelante.
A medida que avanzaban, Saltarín comenzó a sentirse un poco menos miedoso. El lobo, aunque seguía siendo un lobo, no parecía tan amenazante. Incluso, de vez en cuando, le contaba historias sobre el bosque y sus habitantes. Saltarín aprendió sobre las ardillas juguetonas, los búhos sabios y los zorros astutos.
Después de muchas horas de viaje, el lobo se detuvo. "Creo que estamos cerca," dijo. "Sube a mi cabeza, pequeño sapo. Desde allí arriba podrás ver mejor."
Saltarín, un poco inseguro, saltó a la cabeza del lobo. Y entonces, lo vio. A lo lejos, entre los árboles, brillaba un pequeño punto azul. ¡Era el estanque!
"¡Lo veo! ¡Lo veo!" gritó Saltarín, lleno de alegría. "¡Es mi estanque!"
El lobo sonrió, una sonrisa que no parecía tan amenazante como antes. "Bien. Te dejaré aquí. Adiós, pequeño sapo."
Saltarín saltó de la cabeza del lobo y corrió hacia el estanque. Cuando llegó, sus hermanos lo recibieron con gritos de alegría. Su mamá y su papá lo abrazaron con fuerza. Estaba en casa.
Esa noche, mientras dormía acurrucado junto a su familia, Saltarín pensó en el lobo. Aunque al principio le había tenido mucho miedo, el lobo le había ayudado a encontrar el camino a casa. Quizás, pensó Saltarín, no todos los lobos son tan malos como dicen los cuentos. Y quizás, ser miedoso no es tan malo si tienes el coraje de pedir ayuda.
Al día siguiente, Saltarín regresó al lugar donde se había despedido del lobo. No lo encontró. Pero dejó allí una hoja de nenúfar con una pequeña flor blanca en señal de agradecimiento. Y aunque nunca volvió a ver al lobo, Saltarín nunca olvidó su amabilidad. Y, poco a poco, dejó de ser tan miedoso.
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