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Gratis · elegí una vozSimón, Alvin y Teodoro, tres ardillas muy curiosas, vivían en un enorme árbol en el parque. Un día, mientras jugaban a las escondidas, Teodoro, el más pequeño y adorable, tropezó y rodó colina abajo. ¡Oh, no! Terminó justo al borde de la calle, mirando con asombro la inmensa ciudad que se extendía frente a él.
"¡Esperen! ¡Lo encontré!" gritó Alvin, siempre el más aventurero. "¡Miren! ¡La ciudad! Siempre quise verla de cerca!" Simón, el más inteligente y prudente, frunció el ceño. "Alvin, no podemos ir a la ciudad. Es peligroso. Hay autos, gente y… ¡quién sabe qué más!" Pero Alvin ya estaba corriendo hacia la calle, con Teodoro siguiéndolo a duras penas. Simón, suspirando, no tuvo más remedio que seguirlos.
La ciudad era un torbellino de sonidos y colores. Los autos bocinaban, los autobuses rugían y la gente caminaba a toda prisa. Teodoro se escondió detrás de Alvin, asustado por el ruido. Alvin, por su parte, estaba fascinado. "¡Miren esa enorme torta!" exclamó, señalando un cartel publicitario de una pastelería. "¡Y esos zapatos brillantes!" apuntó a una zapatería.
Simón intentaba mantenerlos a salvo. "Alvin, Teodoro, quédense cerca. No se alejen de mí." Pero Alvin, como siempre, era difícil de controlar. Vio un puesto de globos de colores y corrió hacia él. Teodoro, intentando seguir a Alvin, se tropezó con una lata vacía y salió rodando hacia la calle.
"¡Teodoro!" gritó Simón, corriendo tras él. Afortunadamente, un amable señor lo recogió justo a tiempo. "Ten cuidado, pequeño", dijo el señor, sonriendo. "La ciudad puede ser peligrosa para ardillas pequeñas como tú." Simón le agradeció al señor y regañó a Teodoro por ser tan descuidado.
"Lo siento, Simón", dijo Teodoro, con los ojos llenos de lágrimas. "Sólo quería seguir a Alvin." Alvin, sintiéndose culpable, se acercó a Teodoro y lo abrazó. "Lo siento, Teodoro. No quise asustarte." Simón suspiró. Sabía que no podía mantenerlos a salvo si no trabajaban juntos.
"Está bien", dijo Simón. "Pero a partir de ahora, nos quedaremos juntos. Y seguiremos mis instrucciones." Alvin y Teodoro asintieron. Decidieron explorar la ciudad con más cuidado. Primero, fueron a un parque. Era un pequeño oasis de verde en medio del cemento. Vieron ardillas locales jugando y compartiendo nueces. Las ardillas locales les dieron la bienvenida, compartiendo historias del parque y de cómo sobrevivir en la ciudad.
Luego, se aventuraron a un mercado, donde encontraron una variedad de frutas y verduras. Alvin intentó robar una fresa, pero Simón lo detuvo. "Alvin, no robamos. Podemos pedir, o incluso mejor, encontrar comida que la gente haya dejado caer." Encontraron una deliciosa rebanada de sandía que alguien había tirado. ¡Qué festín!
Mientras caminaban, vieron un grupo de niños jugando en una plaza. Estaban haciendo burbujas gigantes. Teodoro quedó hipnotizado por las burbujas brillantes. Una de las burbujas flotó hacia ellos y explotó, rociándolos con agua jabonosa. ¡Se rieron a carcajadas!
De repente, oyeron un fuerte ruido. ¡Era una construcción! Un enorme camión estaba descargando arena. Alvin, emocionado, corrió hacia la arena. "¡Miren! ¡Podemos construir un castillo!" Simón, preocupado por la seguridad, intentó detenerlo. "Alvin, es peligroso estar cerca de la construcción. Podríamos lastimarnos." Pero Alvin ya estaba cavando en la arena.
De repente, un trabajador gritó: "¡Cuidado! ¡La grúa está girando!" Simón agarró a Alvin y a Teodoro y los jaló fuera del camino justo a tiempo. La grúa pasó rozándolos. ¡Estuvieron a punto de ser aplastados!
Los tres ardillas se abrazaron, temblando de miedo. Habían estado demasiado cerca del peligro. Simón les dijo: "¡Suficiente! ¡Nos vamos a casa! La ciudad es demasiado peligrosa para nosotros." Alvin y Teodoro asintieron, dándose cuenta de que Simón tenía razón.
Regresaron al parque, cansados y asustados, pero también llenos de historias para contar. Aprendieron que la ciudad era emocionante, pero también peligrosa. Y aprendieron que la amistad y la seguridad eran más importantes que cualquier aventura. Cuando llegaron a su árbol, se acurrucaron juntos y durmieron profundamente, soñando con globos, burbujas y… ¡la seguridad de su hogar!
Al día siguiente, decidieron jugar en el parque, cerca de su árbol. Alvin propuso: "¿Y si construimos nuestra propia ciudad de ardillas en el árbol?" Simón y Teodoro estuvieron de acuerdo. Trabajaron juntos, recolectando ramitas, hojas y piedras, construyendo pequeñas casas, puentes y caminos. Era su propia aventura urbana, ¡pero mucho más segura y divertida! Desde ese día, aprendieron que la verdadera aventura no está en buscar lugares lejanos, sino en disfrutar de la compañía y la seguridad de los que amas.
Alvin, sin embargo, siguió soñando con la ciudad. Pero ahora sabía que debía ser cuidadoso y, sobre todo, ¡siempre escuchar a Simón!
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