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Gratis · elegí una vozSubasa era una pequeña tortuga marina, no más grande que una pelota de fútbol. Vivía en un arrecife de coral brillante y colorido, lleno de peces payaso juguetones, estrellas de mar perezosas y anémonas ondulantes. A Subasa le encantaba explorar su hogar, pero siempre se mantenía cerca de su mamá, una tortuga sabia y amable llamada Coralina.
Una noche, algo extraño sucedió. Subasa, que no podía dormir, salió a la superficie del agua para observar la luna. Era enorme, brillante y redonda, casi tan grande como el sol que veía durante el día. Subasa nunca había visto algo tan hermoso. Estaba tan absorta mirando la luna que no se dio cuenta de que se alejaba cada vez más de su arrecife.
De repente, ¡Puf! La luna desapareció. Simplemente se esfumó, dejando el cielo nocturno oscuro y vacío. Subasa se asustó mucho. ¿Dónde se había ido la luna? ¿Volvería alguna vez? Sabía que sin la luna, las olas serían más fuertes y el arrecife podría estar en peligro.
Decidió que tenía que hacer algo. Tenía que encontrar la luna. Sin dudarlo, Subasa se lanzó a la oscuridad del océano, dejando atrás la seguridad de su hogar. Nadó y nadó, guiada solo por las estrellas que parpadeaban en el cielo.
Pronto, se encontró con un grupo de delfines juguetones. "¡Hola!" dijo Subasa, con la voz temblorosa. "¿Han visto la luna? ¡Ha desaparecido!"
Los delfines dejaron de jugar y miraron a Subasa con curiosidad. "La luna desaparecida?" preguntó Delfina, la más anciana del grupo. "Eso es muy extraño. No la hemos visto, pero podemos ayudarte a buscarla. ¡Nos encanta una buena aventura!"
Y así, Subasa y los delfines nadaron juntos, buscando la luna. Pasaron por bosques de algas marinas donde vivían caballitos de mar tímidos y a través de cañones submarinos profundos habitados por peces linterna brillantes.
En su camino, se encontraron con un viejo y sabio pulpo llamado Octavio. Octavio vivía en una cueva oscura y conocía muchos secretos del océano. "Octavio," dijo Delfina, "¿sabes dónde está la luna?"
Octavio pensó por un momento, arrugando sus ocho brazos. "Hmm," dijo finalmente. "He escuchado rumores de que la luna a veces se esconde en la Cueva de las Sombras. Es un lugar peligroso, pero si quieres encontrar la luna, es allí donde debes buscar."
La Cueva de las Sombras era un lugar oscuro y misterioso, lleno de rocas afiladas y corrientes fuertes. Subasa tenía miedo, pero sabía que tenía que ser valiente. Con la ayuda de los delfines, logró navegar a través de la cueva.
Finalmente, llegaron al corazón de la cueva. Allí, en una plataforma rocosa, vieron algo brillante. ¡Era la luna! Pero no era la luna entera. Era solo un pedazo, un fragmento de la luna que se había roto.
Junto al fragmento de luna, vieron a un pequeño cangrejo ermitaño llorando. "¿Qué pasa?" preguntó Subasa.
El cangrejo ermitaño, cuyo nombre era Cascarita, sollozó. "Rompié la luna," dijo. "Estaba jugando con ella y se me cayó. ¡Ahora nunca volverá a estar completa!"
Subasa sintió pena por Cascarita. Sabía que no lo había hecho a propósito. "No te preocupes, Cascarita," dijo Subasa. "Encontraremos una manera de arreglarla."
Subasa, los delfines y Cascarita pensaron mucho. Finalmente, Delfina tuvo una idea. "Podríamos usar el brillo de las luciérnagas marinas para llenar el pedazo que falta," dijo.
Todos estuvieron de acuerdo en que era una buena idea. Juntos, recolectaron muchas luciérnagas marinas brillantes y las colocaron cuidadosamente en el fragmento de luna. Las luciérnagas marinas brillaron intensamente, llenando el vacío y haciendo que la luna volviera a estar casi completa.
Luego, con mucho cuidado, todos juntos empujaron el fragmento de luna hacia el cielo. Para su sorpresa, el fragmento se unió al resto de la luna, haciéndola brillar aún más que antes.
La luna estaba de vuelta en el cielo. Subasa, los delfines y Cascarita estaban muy felices. Habían salvado la luna y el arrecife de coral.
Subasa regresó a casa con su mamá Coralina, quien estaba muy aliviada de verla. Subasa le contó todo sobre su aventura, y Coralina la abrazó con sus aletas. Subasa aprendió que incluso la tortuga marina más pequeña puede hacer grandes cosas si es valiente y ayuda a los demás. Y Cascarita aprendió a ser más cuidadoso con las cosas brillantes y redondas. Desde esa noche, cada vez que Subasa miraba la luna, recordaba su aventura y sonreía.
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