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Gratis · elegí una vozHabía una vez en un valle verde y amplio, escondido entre montañas, una comunidad de dinosaurios que vivía en paz. Cada uno tenía su espacio y sus actividades, pero todos se conocían por nombre. Entre ellos, estaba Triki, un joven triceratops un poco tímido, con un corazón repleto de curiosidad.
Triki pasaba sus días explorando el valle, siempre en busca de nuevos rincones o flores especiales para su colección. Le encantaba el olor de las plantas frescas y la sensación de la tierra bajo sus patas poderosas. Sin embargo, a pesar de estar rodeado de otros dinosaurios, a veces se sentía un poco solo.
Una tarde, mientras Triki paseaba cerca del río donde los estegosaurios solían beber agua, escuchó un ruido extraño. Levantó sus tres cuernitos, curioso. Sobre su cabeza, vio la sombra de algo que volaba en círculos: era un pterosaurio con apariencia de estar un poco perdido.
"¡Hola arriba!" saludó Triki, asombrado por la figura que se recortaba contra el cielo.
El pterosaurio hizo un giro rápido y con gran destreza aterrizó suavemente en el suelo.
"¡Hola!" respondió con una sonrisa, mostrando su largo pico que parecía siempre estar sonriendo. "Soy Pipo, el pterosaurio. Creo que me desvié un poco de mi rumbo. Este lugar es tan amplio que a veces pierdo la orientación."
Triki dio unos pasos hacia adelante, intrigado por la nueva compañía. "Soy Triki. No te había visto antes por aquí."
"Sí, suelo pasar mis días volando más alto, pero el aire aquí está tan fresco y el paisaje es tan bonito que me quedé a disfrutar del vuelo", explicó Pipo, mientras hacía una pequeña reverencia con sus alas.
Triki sonrió, encantado por aquel nuevo amigo que había caído, literalmente, del cielo. "Si querés, puedo mostrarte algunos lugares especiales del valle," ofreció entusiasmado.
Pipo desplegó sus alas, emocionado ante la idea. "¡Me encantaría, Triki! Así no me pierdo."
Y así comenzó una amistad inesperada. Cada día, Triki y Pipo exploraban diferentes áreas del valle. Triki aprendía sobre el mundo aéreo, sobre cómo Pipo podía ver las cosas desde una perspectiva más alta, como las corrientes de agua que formaban un caprichoso dibujo en el suelo, o las bandadas de pequeñas aves que bailaban en el aire.
Por su parte, Triki le enseñaba a Pipo secretos del suelo: dónde crecían las flores con los mejores aromas, las cuevas ocultas donde vivían las luciérnagas que iluminaban la noche, o los campos de bayas que hacían las delicias de cualquiera que pasara por allí.
Una mañana, teniendo el sol apenas asomándose en el horizonte, Triki y Pipo decidieron ir al Gran Claro, una planicie donde la luz del amanecer pintaba todo de dorado.
"Algo nuevo que he encontrado son esas bayas dulces," dijo Triki mientras caminaban hacia allí. "Son únicas y me gustaría que las probaras."
Sin embargo, al llegar al Gran Claro, se toparon con una sorpresa nada agradable. Un grupo de velociraptores estaba saqueando los arbustos de bayas.
Triki se puso nervioso al ver a los raptores. "¡Tenemos que hacer algo!" exclamó, sabiendo que no podía enfrentarlos solo.
Pipo, entonces, tuvo una idea. "Déjamelos a mí. Preparate para correr cuando les dé la señal."
Con un vuelo rápido, Pipo subió alto en el cielo y luego, en picada, pasó rozando las cabezas de los velociraptores, quienes se acobardaron y corrieron en todas direcciones.
"¡Ahora, Triki!" gritó Pipo desde el aire.
Triki, con su cabeza en alto, corrió hacia los arbustos, propinando una buena estampida que terminó de ahuyentar a los intrusos.
Cuando los velociraptores estuvieron a salvo y lejos, Triki y Pipo se acercaron al arbusto de bayas.
"¡Lo logramos!" exclamó Piopo, aterrizando junto a Triki.
"Sí, y todo gracias a vos, Pipo. Me salvaste de un buen aprieto."
El pterosaurio sonrió. "Somos un buen equipo, ¿no? No importa si uno está en el aire o sobre la tierra, juntos somos invencibles."
Entonces, ambos amigos se dieron un gran festín con las bayas que habían resguardado. La luz dorada del amanecer los envolvía, sellando en el cielo un pacto de amistad que ni la distancia ni el tiempo podrían romper.
Ese día, Triki ya no se sintió solo, y Pipo supo que, aunque a veces los vientos lo llevaran lejos, siempre tendría un rincón especial en el valle, un lugar que ahora llamaba hogar.
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