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Gratis · elegí una vozHabía una vez en un valle lejano, donde los árboles crecían hasta tocar el cielo y los ríos cantaban al ritmo del viento, un joven dinosaurio llamado Dino. Dino era un apatosaurio curioso y travieso, siempre ansioso por explorar lo desconocido. Le encantaba salir de su hogar y recorrer los campos verdes, acompañado de su mejor amigo, Gomi, un pequeño pterosaurio de plumas azules y pico amarillo, que tenía el humor más contagioso y un vuelo torpe que siempre hacía reír a Dino.
Una noche, Dino no podía dormir. Miraba las estrellas desde su nido en un rincón del bosque, y su mente no dejaba de imaginar lugares increíbles más allá de las montañas. Decidido a descubrir qué había del otro lado, despertó a Gomi, quien dormía plácidamente colgado de una rama.
"¡Gomi! Despertate, vamos a una aventura", susurró Dino emocionado.
"¿A esta hora? ¿Estás loco?" Gomi preguntó, frotándose los ojos con el ala. "Los bichos nocturnos son raros, me dan cosa... y me hacen cosquillas".
"No te hagas el vago. Vamos, prometo que volveremos antes de que salga el sol", insistió Dino. Gomi, aunque un poco reticente por la comodidad de su rama, no podía resistirse al entusiasmo de su amigo.
Con una reciente chispa de emoción en sus ojos, Gomi miró a Dino y aceptó. "Bueno, si insistís. Pero ojo, que después no digas que no te avisé de los bichos".
Ambos comenzaron a cruzar el denso bosque, guiados por la luz plateada de la luna. Dino avanzaba con pasos grandes y seguros, mientras Gomi revoloteaba alrededor con su vuelo un tanto desprolijo, soltando carcajadas de vez en cuando. A cada ruidito que escuchaban, Gomi ponía cara de terror exagerada, solo para hacer reír a Dino.
Después de un rato de caminar y jugar, llegaron al pie de una enorme montaña. Era el desafío más grande que jamás habían enfrentado. Dino miró el pico y, con una mezcla de emoción y miedo, dijo: "¡Vamos a escalarla! Debe haber una vista increíble desde ahí arriba".
"¡Pero qué bestia que sos! Es muy alta, ¡mirá si nos caemos! Yo solo sé volar bajito", bromeó Gomi, haciéndose el preocupado.
No obstante, la sed de aventuras de Dino era insaciable, y con paciencia y coraje, empezó a buscar el camino más seguro para subir. Gomi, entre bromas y algún torpe aleteo, lo siguió, siendo al mismo tiempo la voz cautelosa y el compañero inseparable.
La noche avanzaba, y tras un arduo esfuerzo y un par de sustos por resbalones, lograron llegar a la cima. Desde allí, el mundo parecía un lugar diferente: las copas de los árboles se balanceaban suavemente, y las luces del amanecer comenzaban a asomar. Las estrellas empezaban a ceder su lugar al sol, tiñendo el cielo de naranjas y rosas.
"¡Increíble!" exclamó Dino, con los ojos brillantes de maravilla. "Te dije que valdría la pena, Gomi".
Gomi, admirando el paisaje, sonrió y dijo, "Tenés razón, es hermoso... aunque de noche es más fácil esconder mi torpeza cara a los demás". Ambos se rieron, disfrutando de ese momento que sabían, recordarían por siempre.
De repente, Dino se dio cuenta de que, efectivamente, el sol comenzaba a salir más rápido de lo que esperaba. "¡Tenemos que regresar!" dijo apresurado. "Mi mamá va a preocuparse".
Rápidamente comenzaron el descenso, esta vez guiados por la luz cálida del amanecer. El camino de vuelta resultó más fácil y pronto estuvieron de regreso en su querido rincón del bosque.
La mamá de Dino, un enorme y amable apatosaurio, los esperaba con una sonrisa. "Espero que hayan tenido una linda aventura", dijo, habiendo notado las caras de alegría y satisfacción en los pequeños aventureros.
Dino y Gomi no pudieron más que sonreír y asentir. Había sido una noche mágica, llena de risas, amistades y grandes descubrimientos. Y sabían que, aunque muchas más aventuras les esperaban, esa siempre tendría un lugar especial en su memoria.
Con el corazón lleno de alegría, Dino y Gomi finalmente se acomodaron bajo el resguardo de un gran árbol, sus corazones tranquilos y listos para soñar con nuevas aventuras. Mientras abandonaban la noche, el sol acariciaba con ternura la Tierra, y una suave brisa les acompañaba al país de los sueños.
"Buenas noches, Gomi", murmuró Dino, cerrando los ojos.
"Buenas noches, Dino", respondió Gomi, ya medio dormido, y juntos, se sumieron en un profundo y reparador sueño, mientras los dinosaurios de sus sueños bailaban al ritmo de la aventura vivida.
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