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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un bosque lleno de árboles altos y flores de colores, un pequeño conejo llamado Tito. Tito amaba saltar y jugar, pero hoy, estaba un poco triste. Extrañaba mucho a su amiga Luna, una luciérnaga que iluminaba las noches con su luz mágica.
“¡La extraño tanto!” pensó Tito, mientras mordisqueaba una zanahoria. “¡Me gustaría poder decirle cuánto la quiero!”.
De repente, ¡una idea brillante iluminó la mente de Tito! “¡Le escribiré una carta!” exclamó, dando un salto de alegría que casi lo hace caer de su madriguera.
Corrió a buscar una hoja grande de diente de león, que le serviría como papel. Luego, encontró un palito afilado que usaría como lápiz. Se sentó bajo la sombra de un gran árbol de manzanas y comenzó a escribir.
Primero, Tito hizo un gran dibujo de una zanahoria brillante. Luego, con mucho cuidado, comenzó a escribir las letras. ¡Escribir no era fácil para un conejo pequeño, pero Tito estaba muy decidido!
“¡Querida Luna!” escribió. “¡Soy Tito, tu amigo conejo!”.
Tito hizo una pausa para pensar qué más quería decirle a Luna. Él sonrió recordando todas las noches que habían pasado juntos, jugando a las escondidas entre las flores que brillaban a la luz de la luna.
“¡Me gusta mucho cuando iluminas la noche!” escribió Tito. “¡Tus luces me hacen sentir feliz y seguro!”.
Luego, Tito dibujó una gran estrella brillante al lado de la carta. Continuó escribiendo: “Jugamos a las escondidas entre las flores. ¡Me encanta cuando me encuentras!”.
Recordó también que Luna le había enseñado a contar las estrellas. “¡Gracias por enseñarme a contar las estrellas!” escribió Tito. “¡Ahora puedo contar hasta diez!”.
Después, Tito pensó en lo mucho que le gustaba escuchar las historias que Luna le contaba sobre el cielo y las nubes. “¡Me gustan tus historias sobre las nubes y las estrellas!” escribió. “¡Son muy divertidas!”.
Tito quería que Luna supiera lo importante que era para él. “¡Eres mi mejor amiga, Luna!” escribió con letras grandes y alegres. “¡Te quiero mucho!”.
Para terminar su carta, Tito dibujó un gran corazón y escribió su nombre: “¡Con mucho amor, Tito!”.
Cuando terminó de escribir, Tito se sintió muy feliz. ¡Había escrito una carta muy especial para su amiga Luna!
Pero, ¿cómo iba a enviarle la carta a Luna? ¡Ella vivía muy lejos, en el cielo nocturno!
Tito corrió a preguntarle a Doña Tortuga, que era muy sabia y conocía a todos los animales del bosque. “Doña Tortuga, Doña Tortuga, ¡necesito tu ayuda!” gritó Tito.
Doña Tortuga salió lentamente de su caparazón. “¿Qué pasa, Tito?” preguntó con su voz suave y tranquila.
Tito le mostró la carta que había escrito para Luna. “¡Quiero enviársela, pero no sé cómo!” dijo Tito, un poco preocupado.
Doña Tortuga sonrió. “¡Yo te ayudaré, Tito!” dijo. “Conozco a una familia de búhos que viajan todas las noches. Ellos podrán llevar tu carta a Luna”.
Tito saltó de alegría. “¡Gracias, Doña Tortuga! ¡Eres la mejor!”.
Doña Tortuga llamó a los búhos, que llegaron volando en silencio. Tito les entregó la carta con mucho cuidado. “Por favor, llévensela a mi amiga Luna, la luciérnaga que ilumina la noche” les dijo Tito.
Los búhos asintieron con la cabeza y volaron hacia el cielo oscuro, llevando la carta de Tito a Luna.
Esa noche, Luna estaba volando entre las estrellas cuando vio a los búhos acercándose. “¡Miren, una carta!” exclamaron los búhos.
Le entregaron la carta a Luna, quien la abrió con mucha curiosidad. Al ver el dibujo de la zanahoria y las letras torcidas, Luna supo inmediatamente quién la había escrito.
¡Era Tito! Luna leyó la carta con una gran sonrisa en su rostro. Se sintió muy feliz de saber que Tito la extrañaba tanto y que apreciaba su amistad.
Después de leer la carta, Luna brilló aún más fuerte que nunca. Su luz llegó hasta el bosque, iluminando el camino de Tito mientras dormía.
Al día siguiente, Tito se despertó sintiéndose muy feliz. Sabía que Luna había recibido su carta y que ella también lo extrañaba. Y aunque estaban lejos, su amistad brillaba como la luz de una estrella.
Desde ese día, Tito y Luna siguieron escribiéndose cartas. Los búhos se encargaban de llevarlas de un lado a otro. Y así, su amistad creció más fuerte con cada carta que se enviaban, llenando el bosque de alegría y amor.
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