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Valentina tenía cuatro años y le encantaba jugar. Le gustaba pintar con los dedos, construir torres altísimas con bloques de madera y, ¡oh!, cómo le gustaba ver a su prima Lola, que tenía seis, y a su otra prima Norah, que era un poquito más grande, con sus juegos. Un día, Valentina vio a Lola y Norah muy concentradas viendo algo en la tele. Era algo con muchos colores y formas raras, pero Valentina no entendía qué era.
"¿Qué ven?", preguntó Valentina, arrastrando su osito de peluche, Tito, detrás de ella.
"Es el Juego del Calamar... pero es un poco complicado para ti, Valentina", dijo Lola con una sonrisa.
Valentina frunció el ceño. No le gustaba que le dijeran que algo era “complicado” para ella. ¡Ella era muy lista! Así que, ni corta ni perezosa, se subió al sofá y se sentó entre sus primas, decidida a entender de qué iba todo ese misterioso “Juego del Calamar”.
Pero después de unos minutos, Valentina se aburrió. ¡Era demasiado complicado! Los personajes corrían mucho y hacían cosas que ella no entendía. Tito, su osito, parecía igual de confundido.
"¡Quiero jugar a algo divertido!", exclamó Valentina, bajándose del sofá con un salto.
Lola y Norah se miraron. Sabían que Valentina era muy persistente. Si no jugaban con ella, las iba a molestar hasta que cedieran.
"¿Qué te parece si inventamos nuestro propio juego?", propuso Norah.
Los ojos de Valentina se iluminaron. "¡Sí! ¡Sí! ¡Un juego súper divertido!"
"Pero... ¿a qué jugamos?", preguntó Lola.
Valentina pensó un momento. Le gustaban los caracoles que veía en el jardín, grandes y pequeños, con sus casitas espirales. Y le gustaban los juegos de saltar y correr. ¡Ya lo tenía!
"¡Jugaremos al Juego del Caracol Gigante!", anunció Valentina con entusiasmo.
Lola y Norah se rieron. "¿El Juego del Caracol Gigante? ¿Y cómo se juega a eso?", preguntó Lola, curiosa.
Valentina empezó a explicar las reglas. "Primero, necesitamos un caracol gigante... ¡imaginario! Y luego, tenemos que correr hacia la meta, pero cuando yo diga ¡Caracol Gigante, no te muevas!, tenemos que quedarnos quietas como estatuas. ¡La que se mueva, pierde!"
Lola y Norah aceptaron jugar. Les pareció una idea muy divertida. Salieron al jardín y Valentina se puso en un extremo, con los brazos extendidos, lista para empezar el juego.
"¡Preparadas, listas... YA!", gritó Valentina.
Lola y Norah empezaron a correr, riendo y tropezando un poco. Valentina las seguía de cerca, observando atentamente.
"¡Caracol Gigante, no te muevas!", gritó Valentina de repente.
Lola y Norah se quedaron quietas como piedras, intentando no reírse. Valentina caminó alrededor de ellas, examinándolas con cuidado. De repente, vio que a Lola le temblaba un poquito la mano.
"¡Lola se ha movido! ¡Lola ha perdido!", gritó Valentina, señalándola con el dedo.
Lola se echó a reír. "¡Es verdad! Me ha temblado la mano. ¡He perdido!"
Ahora solo quedaba Norah. Valentina la miró fijamente, intentando encontrar algún movimiento. Pero Norah estaba completamente quieta, como una estatua de verdad.
"¡Caracol Gigante, puedes moverte!", gritó Valentina.
Norah corrió hacia la meta, cruzándola victoriosa.
"¡He ganado!", exclamó Norah, dando saltos de alegría.
Valentina aplaudió con entusiasmo. Le encantaba ver a sus primas jugar y divertirse. Aunque ella no hubiera ganado, le gustaba ser la que daba las órdenes y la que decidía las reglas.
Jugaron al Juego del Caracol Gigante durante toda la tarde. Inventaron nuevas reglas, como tener que hacer caras graciosas cuando el Caracol Gigante decía “no te muevas”, o tener que saltar a la pata coja. Se rieron mucho y se cansaron de tanto correr y saltar.
Al final del día, Valentina estaba agotada pero muy feliz. Había inventado un juego súper divertido y había pasado una tarde maravillosa con sus primas Lola y Norah. Y aunque el “Juego del Calamar” de la tele seguía siendo un misterio para ella, Valentina sabía que su “Juego del Caracol Gigante” era mucho mejor. Porque era suyo, y lo había inventado ella misma. Y eso, para una niña de cuatro años, era lo más importante del mundo. Esa noche, Valentina se durmió abrazada a Tito, soñando con caracoles gigantes que corrían por el jardín, riendo y jugando con ella y sus primas. Sabía que al día siguiente, volverían a jugar al Juego del Caracol Gigante, y que sería aún más divertido que el día anterior. Porque cuando se juega con la imaginación y con las personas que quieres, ¡todo es posible! Y el Juego del Caracol Gigante era la prueba de ello.
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