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Había una vez, en el Colegio Alegre Amanecer, una niña llamada Valentina Cerda Salcedo. A Valentina le encantaba abrazar a todo el mundo. ¡Abrazaba a sus amigos, a sus maestras, incluso al señor que vendía helados en la puerta del colegio! Ella creía que un abrazo era la mejor manera de demostrar cariño y alegría.
Pero no todos en el colegio compartían el entusiasmo de Valentina por los abrazos. Algunos niños se sentían un poco incómodos. No es que no quisieran a Valentina, ¡al contrario! Era una niña muy divertida y amable. Pero a veces, los abrazos de Valentina eran… ¡sorpresivos! Y algunos preferían jugar sin tanto contacto físico.
Un día, los niños decidieron que tenían que hacer algo. No querían lastimar los sentimientos de Valentina, pero tampoco querían seguir siendo el blanco de sus abrazos constantes. Así que, secretamente, durante el recreo, se reunieron debajo del gran árbol de mango que crecía en el patio.
"Tenemos que idear un plan," dijo Sofía, la niña más organizada de la clase. "¡Valentina nos abraza todo el tiempo!"
"Sí," asintió Juan, el niño que siempre llevaba una gorra de béisbol. "A mí me gusta jugar al fútbol sin tener que recibir un abrazo en medio de un gol!"
"¡Tenemos que encontrar una solución antes de que Valentina nos abrace hasta dejarnos sin aliento!" exclamó Mateo, exagerando un poco, pero todos entendieron su punto.
Los niños empezaron a pensar. Se les ocurrieron dos planes principales: Plan A y Plan B.
El Plan A consistía en hablar directamente con Valentina y explicarle amablemente que, aunque la querían mucho, no siempre querían recibir abrazos. Pensaron que quizás, si le explicaban cómo se sentían, ella entendería y dejaría de abrazarlos tanto.
El Plan B era un poco más… sutil. La idea era encontrar una manera de que Valentina se diera cuenta por sí misma de que no todos disfrutaban de sus abrazos. Quizás, pensaron, podrían actuar de manera un poco distante cuando ella se acercara a abrazarlos, para que ella entendiera la indirecta.
Pero a los niños no les terminaba de convencer ninguno de los dos planes. El Plan A les parecía demasiado directo y temían herir los sentimientos de Valentina. Y el Plan B les parecía un poco cruel, como si estuvieran ignorando a su amiga.
"¡Ninguno de estos planes es perfecto!" se lamentó Lucía, la niña que siempre tenía un lazo rosa en el pelo.
Entonces, a Pedro, el niño más callado de la clase, se le ocurrió una idea. "¿Y si combinamos los dos planes?" preguntó tímidamente.
Los demás niños se miraron entre sí, intrigados.
"¿Combinar los dos planes? ¿Cómo?" preguntó Sofía.
"Podríamos hablar con Valentina, pero de una manera muy amable y divertida," explicó Pedro. "Podríamos decirle que nos encantan sus abrazos, pero que a veces nos gustaría tener nuestro propio espacio. Y al mismo tiempo, podríamos empezar a mostrarle otras formas de jugar y divertirnos juntos, que no involucren tantos abrazos."
A los demás niños les pareció una idea genial. ¡Era la combinación perfecta! No serían ni demasiado directos ni demasiado indirectos. Serían amables y comprensivos, pero al mismo tiempo, expresarían sus sentimientos de manera clara.
Estaban a punto de empezar a practicar cómo hablar con Valentina, cuando se dieron cuenta de algo muy importante: ¡Valentina no había ido a clases ese día!
"¡Oh, no!" exclamó Juan. "Teníamos todo el tiempo del mundo para planear, ¡pero no podemos poner el plan en marcha hasta mañana!"
Los niños se sintieron un poco decepcionados, pero al mismo tiempo, se alegraron de tener un día más para perfeccionar su plan. Pasaron el resto del día practicando cómo hablar con Valentina, asegurándose de usar palabras amables y respetuosas.
Al día siguiente, Valentina regresó al colegio. Estaba tan contenta de ver a sus amigos que corrió hacia ellos con los brazos abiertos, lista para darles un gran abrazo.
Pero esta vez, los niños estaban preparados. Sofía dio un paso al frente y dijo con una gran sonrisa: "¡Valentina! ¡Qué bueno que volviste! Te extrañamos mucho. ¿Sabes? Estábamos pensando en jugar a las escondidas. ¿Quieres jugar con nosotros?"
Valentina se detuvo en seco. Estaba un poco sorprendida de que los niños no la estuvieran abrazando. Pero la sonrisa de Sofía era tan cálida y sincera que no pudo evitar sentirse feliz.
"¡Claro que quiero jugar a las escondidas!" dijo Valentina, olvidándose por completo de los abrazos.
Y así, los niños jugaron a las escondidas, rieron a carcajadas y se divirtieron muchísimo. Durante todo el día, los niños se aseguraron de incluir a Valentina en todos sus juegos y actividades, mostrándole que podían ser amigos y divertirse juntos sin necesidad de tantos abrazos.
Valentina, por su parte, empezó a darse cuenta de que, aunque los abrazos eran una forma maravillosa de demostrar cariño, también había otras formas de conectar con la gente. Aprendió a escuchar a sus amigos, a compartir sus juguetes y a reírse de sus chistes. Descubrió que la amistad era mucho más que abrazos.
Al final del día, Valentina se acercó a sus amigos y les dijo: "Gracias por jugar conmigo hoy. Me divertí mucho."
Los niños la abrazaron (esta vez, un abrazo rápido y sincero) y le dijeron: "¡Nosotros también nos divertimos mucho contigo, Valentina!"
Valentina nunca dejó de ser cariñosa y amable, pero aprendió a respetar el espacio personal de los demás. Y los niños aprendieron que la amistad se basa en la comprensión, el respeto y, sobre todo, la diversión.
Y colorín colorado, el cuento de Valentina Cerda Salcedo ha finalizado. Gracias por leer mi cuento. Fin.
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