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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en una casa encantada llena de telarañas brillantes y murciélagos juguetones, un vampirito llamado Valiente. Valiente no era como los demás vampiros. A él no le gustaba beber jugo de tomate (que era lo más parecido a la sangre que sus asusabelos, la Abuela Carmesí y el Abuelo Colmillos, le permitían beber). Prefería el zumo de naranja y jugar a las escondidas con las arañas que vivían en el ático.
Valiente vivía con sus asusabelos porque sus padres, unos vampiros muy ocupados, siempre estaban viajando por el mundo buscando las mejores recetas de zumo de tomate para el gran banquete anual de vampiros. La Abuela Carmesí era una vampira muy cariñosa, siempre tejiendo bufandas de lana de murciélago (¡muy suaves!) y horneando galletas de calabaza. El Abuelo Colmillos, por otro lado, era un vampiro gruñón que pasaba la mayor parte del tiempo leyendo libros sobre cómo ahuyentar a los humanos… aunque en realidad nunca había visto uno de cerca.
Una noche, era la noche de Jalubil, la noche más emocionante del año para todos los niños monstruos. En Jalubil, los monstruos jóvenes podían disfrazarse y pedir dulces (o, en el caso de los vampiros, zumo de tomate) de puerta en puerta. Valiente estaba muy emocionado. Se había disfrazado de su superhéroe favorito, ¡Súper Murciélago!, con un traje de tela negra brillante y una capa que ondeaba al viento.
La Abuela Carmesí le dio una cesta de calabaza llena de botellitas de zumo de tomate. "Ten cuidado, Valiente", le advirtió. "Y no te alejes demasiado de casa." El Abuelo Colmillos gruñó: "¡Y no hables con los humanos, si ves alguno!" Valiente asintió con la cabeza y salió corriendo, con la cesta de calabaza balanceándose en su mano.
Al principio, todo fue divertido. Valiente voló de casa en casa, pidiendo zumo de tomate y saludando a otros monstruos disfrazados. Vio brujas con verrugas falsas, fantasmas con sábanas brillantes y hombres lobo con pelucas despeinadas. Todos eran amables y le daban un poco de zumo de tomate, aunque Valiente secretamente prefería las galletas de calabaza que la Abuela Carmesí le había escondido en la cesta.
Pero a medida que avanzaba la noche, Valiente se alejó un poco demasiado de casa. Se encontró en un barrio que no reconocía, con casas que parecían… ¡normales! No había telarañas colgando de los balcones ni murciélagos revoloteando en el cielo. Las casas estaban decoradas con calabazas sonrientes y luces parpadeantes, y de las puertas salían niños disfrazados de… ¡humanos!
Valiente nunca había visto humanos de cerca. Siempre había escuchado historias de que eran criaturas aterradoras que odiaban a los vampiros. Se escondió detrás de un gran árbol y espió a los niños humanos. Estaban riendo y jugando, compartiendo caramelos y contando historias de miedo. No parecían tan aterradores después de todo.
De repente, vio una casa que le llamó la atención. Era una casa grande y antigua, con un jardín descuidado y ventanas oscuras. No había luces ni decoraciones de Jalubil. Parecía… abandonada. Valiente sintió curiosidad. A pesar del miedo que sentía, se acercó a la casa.
Mientras se acercaba, escuchó un ruido. Un gemido débil y triste que venía del interior de la casa. Valiente sintió lástima por quienquiera que estuviera allí. Olvidando las advertencias de su Abuelo Colmillos, se acercó a la puerta y llamó tímidamente.
La puerta se abrió lentamente, revelando una figura encorvada y sombría. Era una anciana, con el pelo blanco como la nieve y los ojos tristes. “¿Quién… quién está ahí?”, preguntó con voz temblorosa.
Valiente se asustó, pero se armó de valor. “Soy… soy Súper Murciélago”, dijo, tratando de sonar valiente. “¿Está usted bien?”
La anciana lo miró con incredulidad. Luego, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. “Súper Murciélago”, dijo. “Qué disfraz tan encantador. Pensé que nadie vendría a visitarme esta noche de Jalubil.”
Valiente se dio cuenta de que la anciana estaba sola y triste. Olvidando su miedo, le ofreció una de las galletas de calabaza de la Abuela Carmesí. “Aquí tiene”, dijo. “Está deliciosa.”
La anciana tomó la galleta y le dio un mordisco. Sus ojos se iluminaron. “¡Deliciosa, en efecto!”, exclamó. “Hace años que no pruebo algo tan bueno.”
Valiente y la anciana pasaron un rato charlando. La anciana le contó historias de cuando era niña y jugaba en el jardín de la casa. Valiente le contó sobre sus aventuras con la Abuela Carmesí y el Abuelo Colmillos. Descubrió que la anciana no era nada aterradora. De hecho, era muy amable y divertida.
Pero a medida que pasaba el tiempo, Valiente se dio cuenta de que se estaba haciendo tarde. Se despidió de la anciana y prometió volver a visitarla pronto. Luego, voló rápidamente de regreso a casa, con el corazón lleno de alegría y una nueva apreciación por la noche de Jalubil.
Cuando llegó a casa, la Abuela Carmesí y el Abuelo Colmillos estaban muy preocupados. Lo abrazaron con fuerza y le preguntaron dónde había estado. Valiente les contó toda la historia, desde su aventura en el barrio humano hasta su encuentro con la anciana solitaria.
Al principio, el Abuelo Colmillos se enfadó. “¡No deberías haber hablado con una humana!”, gruñó. Pero luego, al ver la felicidad en el rostro de Valiente, sonrió un poco. “Tal vez… tal vez no todos los humanos sean tan malos después de todo”, murmuró.
La Abuela Carmesí sonrió ampliamente. “¡Estoy tan orgullosa de ti, Valiente!”, dijo. “Has demostrado ser un vampirito muy valiente y considerado.”
Y así, Valiente el vampirito, aprendió que la noche de Jalubil no solo era para pedir dulces y disfrazarse, sino también para hacer nuevos amigos y compartir alegría con los demás. Y aunque al principio tuvo miedo, descubrió que a veces, las cosas más aterradoras pueden ser las más maravillosas.
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