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Gratis · elegí una vozXimena entró a un bosque todo gris. Los árboles eran grises, las hojas eran grises, incluso el suelo bajo sus pies parecía una alfombra de polvo gris. No se oía ni un pájaro cantar, ni el zumbido de una abeja. Era un silencio pesado, un silencio grisáceo que le oprimía el corazón.
"¡Qué triste!" pensó Ximena. Se sentó en una raíz de árbol, también gris, y miró a su alrededor. ¿Qué había pasado aquí?
Entonces, una pequeña ardilla gris, casi invisible contra el tronco del árbol, salió tímidamente. Ximena le sonrió, pero la ardilla solo la miró con ojos tristes.
"¿Por qué todo es gris?" le preguntó Ximena a la ardilla. La ardilla movió su pequeña cabeza gris de un lado a otro, como si no entendiera la pregunta.
De repente, Ximena recordó lo que le había contado su abuela: "Los colores son como pequeños espíritus alegres. Si nadie los cuida, se esconden."
¡Eso era! Los colores se habían escondido porque nadie los cuidaba. El bosque se había puesto triste y gris, y los colores, asustados por la tristeza, habían desaparecido.
Ximena se puso de pie. ¡Ella iba a encontrar los colores y traerlos de vuelta!
Respiró hondo y gritó con todas sus fuerzas: "¡Rojo!"
Nada. El bosque permaneció gris y silencioso.
Lo intentó de nuevo, esta vez con más alegría en su voz: "¡Rojo, rojo, dónde estás? ¡Te necesito!"
Aún nada. Ximena estaba a punto de rendirse cuando recordó algo importante: la risa. Su abuela también le había dicho que la risa era el idioma de los colores.
Así que Ximena se puso a reír. No una risa forzada, sino una risa verdadera, una risa que le salía del corazón. Se acordó de la vez que su perro, Chocolatín, había intentado comerse un zapato, y de la cara que había puesto. Se acordó de las cosquillas que le hacía su abuelo en la barriga. Y se rió, rió a carcajadas, una risa clara y sonora que resonó en el bosque gris.
Y entonces, algo empezó a pasar. Una pequeña flor, escondida entre las raíces de un árbol, se tiñó de un rojo brillante. Un rojo vivo, intenso, como el de una fresa madura.
Ximena gritó de alegría: "¡Rojo, volviste!"
La ardilla gris saltó de su rama y miró la flor roja con curiosidad. Luego, movió su colita y pareció sonreír.
Ahora era el turno del amarillo. Ximena cerró los ojos y se imaginó el sol, brillante y cálido. Se imaginó los pollitos amarillos que había visto en la granja de su tío. Y volvió a reír, una risa llena de sol y de calor.
"¡Amarillo!" gritó Ximena. "¡Amarillo, te estamos esperando!"
Y como por arte de magia, un rayo de sol se filtró entre las ramas grises de los árboles, iluminando una pequeña área del bosque. Y en esa área, las hojas de un árbol se volvieron amarillas, un amarillo dorado como el de la miel.
"¡Amarillo! ¡Sí!" exclamó Ximena, aplaudiendo con entusiasmo.
Solo faltaba el azul. Ximena pensó en el cielo, en el mar, en los ojos de su abuelo. Se imaginó un arroyo de agua cristalina, fluyendo entre las rocas. Y suspiró, un suspiro profundo lleno de calma y de paz.
"¡Azul!" susurró Ximena. "¡Azul, necesitamos tu tranquilidad!"
Y de repente, el cielo gris se abrió un poco, dejando ver un trozo de cielo azul, un azul profundo y sereno. Y en el suelo, una pequeña seta gris se volvió azul, un azul suave como el de las campanillas.
"¡Azul! ¡Lo logramos!" gritó Ximena, abrazando a la ardilla, que ahora tenía una mancha roja en la cola.
Con el rojo, el amarillo y el azul de vuelta, la magia comenzó a suceder. Las flores rojas, amarillas y azules empezaron a brotar por todo el bosque. Las hojas de los árboles se tiñeron de verde, un verde intenso y vibrante. Los pájaros volvieron a cantar, y las abejas volvieron a zumbar.
El bosque gris se transformó en un paraíso de colores. Un arcoíris de flores, hojas y animales llenaba cada rincón. El silencio gris se convirtió en una melodía alegre y vibrante.
Ximena supo en ese momento que su misión era cuidar del bosque de colores. Se convirtió en su guardiana, la guardiana del arcoíris. Cada día, visitaba el bosque, cuidaba de las flores, hablaba con los animales y, sobre todo, reía. Porque sabía que su risa era la llave para mantener los colores vivos y alegres.
Y así, Ximena vivió feliz para siempre en el bosque de colores, la guardiana del arcoíris, la niña que devolvió la alegría a un mundo gris.
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