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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes, una niña llamada Yaya. Tenía cinco años, unos ojos grandes y brillantes como dos luceros, y una sonrisa que podía iluminar el día más nublado. Pero lo que más amaba Yaya era la gimnasia. Desde que aprendió a caminar, en lugar de correr, daba volteretas. En vez de saltar, hacía equilibrios sobre las banquetas del parque. Su sueño era convertirse en una gran atleta, una gimnasta famosa que volaba por los aires como una estrella fugaz.
Todos los días, después de la escuela, Yaya corría al gimnasio del pueblo. Era un lugar mágico, lleno de colchonetas de colores, barras brillantes y cuerdas colgantes. Allí, su entrenadora, la Señora Elena, una mujer amable con el pelo recogido en un moño y una sonrisa cálida, la esperaba con una rutina preparada.
Yaya se estiraba, saltaba y se balanceaba. A veces se caía, pero siempre se levantaba con una sonrisa aún más grande. La Señora Elena le decía: "Yaya, la gimnasia no es solo fuerza, también es perseverancia y alegría". Y Yaya la escuchaba con atención.
Un día, la Señora Elena anunció que habría una competencia de gimnasia en el pueblo vecino. Yaya sintió un vuelco en el corazón. ¡Una competencia! Era su oportunidad de mostrar todo lo que había aprendido. Se preparó con entusiasmo, practicando sus saltos, sus giros y sus equilibrios con aún más dedicación.
Pero, a medida que se acercaba el día de la competencia, Yaya empezó a sentirse nerviosa. Tenía miedo de caerse, de equivocarse, de no ser lo suficientemente buena. Una noche, no pudo dormir. Se levantó de la cama y fue a la ventana. La luna brillaba en el cielo, rodeada de miles de estrellas. Yaya cerró los ojos y respiró hondo. Recordó las palabras de la Señora Elena: "La gimnasia también es alegría". Decidió que, sin importar lo que pasara, iba a disfrutar de la competencia.
Al día siguiente, en el gimnasio del pueblo vecino, había mucha gente. Niños y niñas de todas las edades, con sus trajes de gimnasia brillantes y sus caras llenas de emoción. Yaya se sintió un poco intimidada, pero respiró hondo y sonrió. Vio a la Señora Elena entre la multitud, que le guiñó un ojo para animarla.
La competencia comenzó. Yaya observó a los otros gimnastas. Algunos eran muy buenos, otros no tanto. Pero todos se esforzaban al máximo. Cuando llegó su turno, Yaya sintió un nudo en el estómago. Caminó hacia la colchoneta y se preparó para su primer ejercicio: una serie de volteretas y saltos.
Respiró hondo, cerró los ojos y se imaginó volando como una estrella fugaz. Luego, abrió los ojos y comenzó su rutina. Saltó, giró y se balanceó con gracia y precisión. A veces se tambaleaba un poco, pero siempre lograba mantener el equilibrio. La gente la aplaudía con entusiasmo. Yaya sentía una alegría inmensa. Estaba disfrutando de cada segundo.
Después de las volteretas, le tocó el turno a la barra de equilibrio. Era su ejercicio favorito, pero también el más difícil. Subió a la barra con cuidado y comenzó a caminar lentamente, manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos. De repente, sintió que perdía el equilibrio. Estuvo a punto de caerse, pero se agarró con fuerza a la barra y logró mantenerse en pie.
Respiró hondo y continuó su ejercicio. Caminó hasta el final de la barra y realizó un salto elegante. Aterrizó con suavidad sobre la colchoneta y sintió un alivio inmenso. Había superado el obstáculo más difícil. El público la ovacionó con entusiasmo.
Finalmente, llegó el momento de la premiación. Yaya se sentó junto a los otros gimnastas, esperando el resultado. Estaba nerviosa, pero también contenta. Sabía que había dado lo mejor de sí misma.
Cuando anunciaron los ganadores, Yaya se sorprendió al escuchar su nombre. ¡Había ganado el tercer lugar! Subió al podio con una sonrisa radiante y recibió su medalla de bronce. Se sentía orgullosa de sí misma. No había ganado el primer lugar, pero había demostrado que era una gimnasta talentosa y perseverante.
Después de la competencia, la Señora Elena la abrazó con cariño. "Yaya, estoy muy orgullosa de ti", le dijo. "No solo eres una gran gimnasta, también eres una niña valiente y alegre". Yaya sonrió. Sabía que la Señora Elena tenía razón. La gimnasia era mucho más que medallas y trofeos. Era una forma de expresar su alegría y de superar sus miedos.
Desde ese día, Yaya siguió practicando gimnasia con aún más entusiasmo. Sabía que todavía tenía mucho que aprender, pero también sabía que tenía el talento y la determinación para alcanzar sus sueños. Y cada vez que saltaba, giraba y se balanceaba, se sentía como una verdadera estrella fugaz.
Y así, Yaya, la gimnasta estrella fugaz, continuó brillando con su talento y su alegría, inspirando a todos los que la rodeaban a perseguir sus propios sueños.
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