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Leo y su perro Chispa se habían quedado demasiado tiempo jugando en el río. Cuando se dieron cuenta, el sol ya se estaba escondiendo detrás de los cerros.
—Mamá nos dijo que volviéramos antes de que oscurezca —dijo Leo.
Había dos caminos para volver a casa. Uno daba la vuelta a toda la colina y tardaba una hora. El otro atravesaba el viejo túnel del bosque y tardaba diez minutos.
Pero nadie usaba el túnel. Los niños del pueblo decían que adentro vivían cientos de ojos que brillaban en la oscuridad y te miraban pasar.
Leo miró la entrada del túnel. Era un arco de piedra cubierto de musgo. Adentro estaba tan oscuro como el fondo de un pozo.
Chispa gimió y se pegó a sus piernas.
—Yo tampoco quiero —le dijo Leo—. Pero si damos la vuelta, vamos a llegar de noche.
Respiró hondo, tomó a Chispa del collar y entró.
Los primeros pasos fueron los peores. El aire estaba fresco y húmedo. Las gotas caían del techo: plic, plic. Sus pasos hacían eco, como si alguien caminara detrás de ellos. Leo no se atrevía a mirar atrás.
En la mitad del túnel, Chispa se detuvo en seco y empezó a gruñir bajito.
Leo levantó la vista.
En la oscuridad, por todas partes, en las paredes, en el techo, se encendieron puntos de luz. Uno, diez, cien. Brillaban con un color verde dorado. Se apagaban y se volvían a encender.
—Los ojos —susurró Leo, y sintió que las piernas se le hacían de gelatina.
Pero entonces uno de los ojos se despegó de la pared y flotó hacia él. Pasó junto a su nariz, dio una vuelta alrededor de la cabeza de Chispa y se posó en la mano de Leo.
Era un insecto pequeñito, con la colita encendida como una lámpara.
—Luciérnagas —dijo Leo, y se le escapó una risa—. ¡Son luciérnagas, Chispa!
Cientos de luciérnagas vivían en el túnel, donde la humedad y la oscuridad eran perfectas para ellas. Leo y Chispa caminaron el resto del camino rodeados de lucecitas que bailaban, como si cruzaran un cielo lleno de estrellas.
Llegaron a casa justo cuando se encendían los faroles de la calle. Esa noche, Leo le contó a su mamá lo del túnel.
Al día siguiente, llevó a todos sus amigos a verlo. Y desde entonces, en el pueblo ya nadie le tiene miedo al túnel. Le dicen el túnel de las estrellas.
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