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Todas las noches, a las nueve en punto, Tomás oía el mismo ruido: ras, ras, ras. Venía del armario. Era como si alguien rascara la puerta con uñas muy largas.
Tomás se tapaba hasta la nariz con la cobija y contaba hasta cien. A veces el ruido paraba en el cincuenta. A veces seguía hasta que se quedaba dormido.
Una noche, el ruido cambió. Primero fue ras, ras, ras. Después, un suspiro largo y tembloroso: «Aaaay».
Tomás sintió que el corazón le golpeaba como un tambor. Pensó en llamar a su mamá, pero algo en aquel suspiro le pareció triste, no malvado. Así que encendió su linterna, puso un pie en el piso frío, luego el otro, y caminó despacito hasta el armario.
—¿Quién está ahí? —susurró.
—Nadie —respondió una vocecita—. Aquí no hay nadie. Sobre todo, no hay ningún monstruo.
Tomás abrió la puerta de golpe. Entre sus camisas y su suéter de rayas había una criatura peluda y morada, del tamaño de un perro pequeño, con dos ojos enormes y redondos. Estaba hecha un ovillo y temblaba.
—¡Apaga esa luz, por favor! —chilló el monstruo, tapándose los ojos—. ¡Me da muchísimo miedo!
—¿La luz te da miedo?
—No, la luz no. Lo que me da miedo es lo que hay afuera del armario: la oscuridad de tu cuarto. Está llena de sombras raras. Esa de allá parece un gigante con sombrero.
Tomás miró hacia donde señalaba el monstruo. Era su perchero, con su gorra colgada encima.
—Es mi perchero —dijo Tomás, y no pudo evitar sonreír—. Y esa sombra larga es mi lámpara. Y eso que parece una araña es mi pelota de básquet.
El monstruo abrió un ojo, después el otro.
—¿De verdad?
Tomás le enseñó cada cosa con su linterna. El monstruo, que se llamaba Ruperto, fue dejando de temblar. Le explicó que rascaba la puerta porque quería salir a ver la luna por la ventana, pero nunca se atrevía.
Desde esa noche, Tomás deja encendida una lucecita con forma de estrella. Ruperto sale del armario, se sienta junto a la ventana y los dos miran la luna un rato antes de dormir.
Ya no hay ruidos a las nueve en punto. Solo, de vez en cuando, un ronquido suave que viene del armario. Y a Tomás, la verdad, ese ruido le gusta bastante.
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