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En la sala de la tía Clara había una vitrina de cristal, y dentro de la vitrina, una muñeca de porcelana. Tenía rizos dorados, un vestido de encaje y unos ojos azules de vidrio que parecían seguirte por toda la habitación.
—Era de mi abuela —dijo la tía Clara—. Tiene más de cien años. Por favor, no la toquen.
Elena tenía nueve años y su hermano Lalo, tres. Iban a pasar una semana en casa de la tía mientras sus papás viajaban.
La primera mañana, Elena notó algo raro. La muñeca, que la noche anterior estaba sentada mirando hacia la ventana, ahora miraba hacia el pasillo. Hacia la habitación donde dormían ellos.
La segunda mañana, la muñeca tenía las manos juntas, como si rezara.
La tercera mañana, tenía una pantufla de Lalo en el regazo.
Elena empezó a sentir un frío en la espalda cada vez que pasaba por la sala. Por la noche, en la cama, no podía dejar de pensar en esos ojos de vidrio. ¿Y si la muñeca caminaba por la casa mientras todos dormían?
La cuarta noche decidió averiguarlo. Esperó hasta que la casa estuvo en silencio y se escondió detrás de la puerta de la sala, con la linterna apagada.
Pasó mucho rato. El reloj de la cocina hacía tic, tac. La casa crujía. Elena estaba a punto de rendirse cuando oyó unos pasos. Pasos pequeñitos, que venían del pasillo.
Pap, pap, pap.
Se le cortó la respiración. Algo pequeño entró en la sala, arrastró un banquito hasta la vitrina, se subió, abrió la puertita de cristal...
Elena encendió la linterna.
Era Lalo. En pijama, con los ojos medio cerrados y el pelo revuelto. Estaba acomodando a la muñeca con muchísimo cuidado.
—Lalo, ¿qué haces?
—Le doy las buenas noches —murmuró él, todavía medio dormido—. Está solita. Le presté mi pantufla para que no tenga frío.
Elena tuvo que taparse la boca para no reírse fuerte. Lo llevó de vuelta a la cama y lo arropó.
A la mañana siguiente le contaron todo a la tía Clara. En lugar de enojarse, la tía sonrió y sacó la muñeca de la vitrina.
—Mi abuela siempre decía que las muñecas se ponen tristes si nadie juega con ellas —dijo. Y le tejió una mantita para que Lalo pudiera arroparla cada noche, sin tener que levantarse a escondidas.
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